by Dr. María Cecilia Barbetta
Catalog - solo show at Galería Ruth Benzacar, Buenos Aires, 2008
 
»Sin penas ni gloria« no. Tampoco »con bombos y platillos«. Miguel Rothschild quiebra esquemas y revierte espectativas. Inventa reglas. Perfora superficies. Agujerea la foto de una fiesta de disfraces que mide 150 x 100 cm haciendo papel picado multicolor. De esta forma, ¿está desenmascarando una gran alegría fingida o acaso se está despidiendo de la verdadera felicidad? (La última fiesta).
En la obra de Rothschild no hay verdades únicas. Dotado incluso con el don de convertir plomo en oro, el artista-alquimista es también capaz de revertir la tristeza. Conmemorando la edad de Cristo en la cruz, Rothschild selecciona 33 imágenes de distintas épocas que muestran figuras llorando. Con la ironía y el humor que lo caracterizan atravieza los lacrimales de cada una de ellas con una tanza que se mantiene tirante gracias a una plomada que está sujetada al piso de la sala de exposición. La tragedia la depotencia además haciendo del título de esta obra un trabalenguas (33 tremendas tristezas).
Para otra pieza toma prestado el dolor que Edvard Munch plasmó en »El grito«, lo reproduce y prolonga al rebautizarlo Eco y exibirlo en forma de guirnalda.
En la Historia del Arte busca imágenes de San Sebastián, calca sus siluetas, las pasa a cartulinas, las recorta y agujerea justo ahí donde se supone que han entrado las lanzas. Las perforaciones son las que dan origen al papel picado que luego yacerá a los pies de los San Sebastianes, que Rothschild finalmente hermanará en el dolor colgándolos uno al lado del otro para crear así una guirnalda colorida (Con penas ni gloria).
En Proyecto para una fuente de lágrimas danzantes interconecta San Sebastianes impresos en duratrans con la ayuda de sorbetes rojos. Con los redondelitos extraídos de las perforaciones escribe sobre la superficie de un cuadro Zeige deine Wunde (Muestra tu herida), una cita al artista alemán Joseph Beuys. La invitación en el título, ese imperativo humano, muy humano, terriblemente humano de mostrar o dejar al descubierto la herida o la enfermedad nos remite a su siguiente obra titulada ¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? Así comienza »El corazón delator«, el famoso cuento de terror psicológico de Edgar Allan Poe, que finaliza cuando el protagonista – quien ha levantado tres tablas del piso de su habitación para esconder allí un cadáver – confiesa haber cometido el terrible crimen ... Pero, ¿qué es ese líquido que brota de las paredes de la galería Ruth Benzacar en Buenos Aires? ¿Y esos charcos en el piso? ¿Qué es lo que Rothschild nos oculta en la sala misma de exposición? Pero por sobre todas las cosas ..., ¿qué sentimiento lo ha llevado a actuar así?
En la escultura Melencolia A. D. el artista cita el famoso grabado »Melencolia I« de Albrecht Dürer. Al tomar prestado el poliedro que construye en gran tamaño, al incluir en el título de su obra las iniciales del artista alemán y contraponer liviandad y transparencia a la densidad y dramaticidad inherentes a la temática alemana, Rothschild, un verdadero homo ludens, le dice de forma programática »adé« (adiós) a la melancolía. Su poliedro está construído con miles de sorbetes de colores conectados entre sí en forma de triángulos, los que le dan una asombrosa estabilidad a la figura de apariencia frágil y filigrana. A raíz del material utilizado y a pesar de su estricta forma geométrica y su laberíntico interior, la pieza despierta una sensación de juego despreocupado que remite al espectador al mundo de la infancia, a un paraíso perdido que es tema recurrente del artista. Recordemos que el poliedro en la obra de Dürer era pesado y tapaba el paisaje. En la instalación de Rothschild en cambio todo queda abierto, incluso los interrogantes que plantea la escultura. Se puede pensar que la liviandad colorida, el vaciamiento de sentido en la realidad del siglo XXI, es lo que justamente genera la melancolía en el artista – o también que el artista se vuelve melancólico porque desea poseer esa liviandad que él ve en el exterior, en los otros, en el mundo, pero no en él mismo. Por otro lado, esa liviandad frente al mundo y los acontecimientos, ¿es real? Posiblemente no exista, ni en los otros ni en uno, posiblemente sea imaginaria, una proyección que Rothschild calculó con exactitud.

Con cada una de las obras que conforman la muestra Con penas ni gloria, Miguel Rothschild nos invita a reflexionar sobre la insoportable levedad de la melancolía. El artista argentino residente en Berlín se tira de lleno a la pileta, pero lo hace despacio, sin espamento, y es aquí donde residen su fuerza y poesía magníficas. Ustedes, espectadores, escuchen y vean, presten atención y no se confundan, porque el mundo allá afuera es ensordecedor y Miguel Rothschild se tira en silencio, un poco como Yves Klein cuando salta al vacío y no se da cuenta de que, en vez de caer, asciende al cielo de los más grandes.