by Dr. María Cecilia Barbetta
Catalog - solo show at Galería Ruth Benzacar, Buenos Aires, 2012
 
Hay que ver para creer: El arte y la religión son almas gemelas. Los rodea un aura propia, en torno a la cual se alza un sistema cerrado de códigos y símbolos sublimes que Miguel Rothschild deconstruye y desacraliza. En el espacio de la Galería Ruth Benzacar el artista argentino residente en Berlín muestra los frutos de un trabajo obsesivo: una a una perfora rejillas de confesionarios, agujerea vitraux, pincha astros y estrellas, atraviesa heridas con tanzas de pescar, quiere llegar al fondo de las cosas y mirar qué hay del otro lado ... si es que del otro lado hay algo. Siguiendo los pasos del Tomás bíblico que replica: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos, y meto mi mano en su costado, no creeré”, Rothschild cuestiona impertinentemente el mundo del arte, sabiendo que de esta forma hace tambalear justamente aquel pedestal donde se ha elevado desde el renacimiento a la figura del artista poniéndolo a la altura del creador.
En una seguidilla de paseos terrenales que lo llevan a recorrer antiquísimas iglesias italianas en busca de confesionarios, Rothschild se arrodilla frente a los habitáculos para fotografiar, pura y exclusivamente, aquellas rejillas por las cuales desde el siglo XVI hasta nuestros días innumerables creyentes susurraron pecados y revelaron sus secretos más íntimos antes de obtener la tan ansiada »Absolución« del padre confesor de turno. En la copia de la foto pegada sobre cartón, Rothschild perfora cada uno de los orificios respetando el tamaño original; el redondelito sobrante lo reemplaza por una bolita de acero de la medida correspondiente. La obra la compone una caja que hace de marco y además puede y debe ser descolgada de la pared para que de esta forma la fotografía llegue a uno, lo toque, cobre vida, las bolitas rueden y el espectador se vuelva jugador, un adulto que se transforma en niño cortazariano e intenta embocarlas en los agujeritos; algo casi imposible esta absolución, ya que también él deberá someterse y guiar sus intentos según los diversos tamaños.
El doble juego con la intimidad, los secretos, el sufrimiento y la culpa ajena compartida que refleja »Absolución« se escenifica también en »Los silencios de Sor Juana«. Visto desde lejos, el cielo de la religiosa y escritora del Siglo de Oro, Sor Juana Inés de la Cruz, brilla de manera especial. Al acercarnos descubrimos que la intensidad de la noche proviene de un millar de alfileres y clavos de distintos grosores y tonalidades que van desde el plateado hasta el dorado pasando por el cobre. Todo está calmo y sin embargo algo nos tienta a preguntar qué penas esconden los clavos que a su vez no dejan ver las estrellas, qué suspiros se elevaron al cielo, qué plegarias no fueron escuchadas, qué tormentos son los que no nos dejan dormir ... Agudicemos entonces aún más el oído.
¿Se percibe el aletear de pájaros sobre Bodega Bay? La foto que Rothschild utiliza de fondo para pinchar aves cual colección de mariposas raras es un filmstil de ›The Birds‹, la película de Alfred Hitchcock de 1963. De esta forma nos remite inmediatamente a un clásico del cine de horror. Pero en este caso, no nos sobrevuelan gaviotas ni pájaros ordinarios. Cientos de espíritus santos sacados de contexto (distintos cuadros a lo largo de la historia del arte, entre ellos pintados por Andrea del Verrocchio, Rubens, Perugino, El Greco, Durero, etc.) y agrupados a manera de plaga gracias a su ›reproducibilidad técnica‹ (Walter Benjamin, 1936) reformulan y actaulizan la pregunta sobre la existencia del aura en la obra de arte.
Las »Revelaciones«, sin embargo, parecen dar muestra tangible de una fuerza misteriosa que atravesó diversos rosetones de iglesia convirtiéndolos en colorido papel picado. Pero ahora bien, ¿quién recompone las piezas del caleidoscopio? ¿Quién reconstruye el mensaje del puzzle de cristal? ¿O es que éste finalmente fue vaciado de sentido? Si tras una búsqueda incansable a uno se le ocurriera echarle un vistazo al reverso de la obra, se encontraría con un celeste cielo, con una superficie-espejo en donde se reflejan claramente los mismos interrogantes que en la tierra.
Con un »Felices los que creen sin haber visto« Rothschild convoca a la Galería de la calle Florida. Como punto de partida para esta muestra elige la fotografía pero no la utiliza de manera convencional. Ésta es para el artista no más que una base de trabajo que debe ser explorada a fondo y esto último, entendido de forma literal. La fotografía es un material que Rothschild dinamita para luego poder entremezclar con otros elementos. El resultante es ›extended photography‹, un terreno interesantísimo, casi inexplorado, fértil y exquisito. Es así como el diluvio en »Lluvia y tormento II« es producto de la incorporación irónica al cuadro de un montón de sorbetes transparentes. En el caso de »Lluvia y tormento I« la tempestad la dibujan las perforaciones dramáticas. El confeti acumulado como gotas de lluvia al pie del cuadro relativiza a su vez el efecto trágico. Parece que Rothschild leyó a los románticos; se intuye que está marcado por quienes se aferraron a la religión de forma estética no preocupándose por contradicciones, ya que en ellas descubrieron, nada más ni nada menos, que la belleza del misterio. ¿Será acaso este espíritu romántico lo que a modo de motor impulsa la creación de tantas bienaventuranzas? Rothschild sabrá y, claro, Dios dirá.