by Fabián Lebenglik
Dos paraísos al precio de uno
Página 12, 2005

 
El artista argentino, que vive y trabaja en Alemania hace años, presenta una exposición en la que el cielo prometido por la religión converge con la promesa “feliz” del consumo.
Por Fabián Lebenglik

Paraíso I, Rotschild, 2004. Foto sobre duratrans, cartulina, neón; 74 x 104 cm.
En la muestra “Celestial”, Miguel Rotschild (Buenos Aires, 1963) presenta varias versiones del cielo, especialmente el religioso, y las combina con el mundo del mercado y el consumo compulsivo. La primera versión del cielo es la religiosa, según la cual la esfera celeste es el premio post mortem de los bienaventurados, el lugar donde residirán para siempre junto con los ángeles y los santos, gozando de la presencia divina.
La segunda versión es la científica: en este caso el cielo es la esfera aparente que rodea la Tierra y en donde parecen moverse los astros.
Por contraposición al cielo y en el marco de establecer un sistema de premios y castigos (en este caso drásticos, porque son permanentes), la creencia religiosa establece un lugar de castigo eterno, el infierno, para quienes no se hayan portado bien durante su vida terrenal. Finalmente hay un capítulo meteorológico, donde el cielo funciona como espacio de los fenómenos climáticos.
Rotschild toma todos estas versiones y las evoca, al mismo tiempo que ironiza sobre ellas, combinándolas con el mundo del consumo, la publicidad y la cultura de masas.
Miguel Rotschild, quien vive y trabaja en Alemania, se formó en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón de Buenos Aires. Entre 1991 y 1994 estudió en la Hochschule der Künste de Berlín. Desde los años ochenta ha presentado numerosas exposiciones individuales, colectivas y grupales en la Argentina y en Europa.
La muestra se centra en el collage y montaje como principios constructivos de las obras. Como explica Nicolas Bourriaud en su libro Postproducción, desde principios de los años noventa cada vez más obras de arte se producen sobre la base de obras preexistentes: cada vez más artistas interpretan, reproducen y reexhiben obras de otros artistas o de productos asequibles de la cultura. Esta actitud responde al caos proliferante de la cultura global. Un procedimiento tal contribuye a erradicar la distinción tradicional entre producción y consumo, creación y copia, ready-made y obra original. La noción de originalidad y creación se desdibuja en este nuevo panorama cultural en el que se destaca la figura del disc jockey, el programador, cuyas tareas consisten en seleccionar objetos culturales insertándolos en un nuevo contexto. También a Rotschild le cabe el traje.
En la muestra el artista presenta, entre otras obras, algunos backlights que lucen como vitraux posmodernos en los que, en vez de evocarse en imágenes los relatos de la Biblia, se reproduce un collage de marcas, objetos culturales y productos de supermercado. Contra el origen religioso de los vitraux, el artista arma un popurrí de publicidades y marcas que al mismo tiempo funciona como crítica del consumismo. De algún modo, el efecto es el de una vuelta de tuerca sobre el sentido del collage publicitario, que echa mano de todo tipo de imágenes, como una máquina de procesar, usar, producir, digerir y neutralizar estéticas para el consumo. Las series de los backlights –fotografías sobre duratrans, cartulina y tubos de neón– tienen títulos explícitos: “Paraíso” e “Infierno”.
Otras obras construyen falsos monumentos ensamblados con cajas de helados marca Paradiso o con fotografías de distintos productos y etiquetas: así fabrica un arco de triunfo y también una torre.
Rotschild es un artista heredero del conceptualismo, pero a su vez lo cuestiona. En general los artistas conceptuales proponen un giro que va del objeto a la idea, lo que implica un giro ideológico que coloca en segundo lugar la materialidad y por lo tanto el culto al objeto, a la acumulación y el consumo pasaría a segundo lugar para privilegiar el imperio de las ideas. En este caso lo que impera es el consumo, junto con una materialidad y una terminación muy cuidadas.
La sociedad está estructurada por relatos que se traducen en modos de vivir, de trabajar, de relacionarse con personas, instituciones e ideologías. En este sentido, Liam Gillick explica que “somos prisioneros del escenario del capitalismo tardío... la producción de escenarios es uno de los principales elementos que permiten mantener el nivel de movilidad y de invención que necesita el aura dinámica de la así llamada economía de mercado”. Y Bourriaud, en el libro mencionado, completa el sentido: “¿Por qué el mercado se volvió el referente omnipresente de las prácticas artísticas contemporáneas?... porque representa una forma colectiva, una aglomeración caótica, proliferante e incesantemente renovada... y porque encarna y materializa flujos y relaciones humanas que tienden a desencarnarse con la industrialización del comercio y la aparición de la venta por Internet”.
La relación entre arte y mercado (y consumo) tiene larga data, pero el movimiento artístico que mejor la tematizó fue el pop, porque allí se logró condensar la ambigüedad entre la celebración y la crítica mordaz del mercado y la sociedad de consumo. A partir del pop, el fenómeno del arte cada tanto reedita imágenes y reflexiones acerca de esta relación compleja.
El consumo, en Rotschild, está asociado a la compulsión y a la serialidad. La publicidad es a su vez un componente inherente al consumo, cuyo propósito es crear nuevas necesidades asociadas con la promesa de felicidad. En este sentido, el objetivo de la publicidad es el cielo, suponiendo que el cielo sea una promesa de felicidad perpetua.
Así los cielos de Rotschild están tapizados de estrellas, en cuyo interior se leen precios: “99.95”, “3.99”, “1.-” y así siguiendo: es un cielo tachonado de ofertas estrelladas, precios fugaces, descuentos rutilantes, rebajas irresistibles. Sólo queda viajar a su alcance, caer en la tentación. Una y otra vez los productos se ofrecen con marcas elocuentes: “Paraíso”. Esa palabra aparece a repetición, desde las más diferentes etiquetas y carteles. Por ejemplo: una de las obras consiste en la proyección continua de fotografías en las que se ve la fachada de negocios –florerías, cafés, carnicerías– de todo el mundo cuyos nombres, en distintas lenguas, resultan coincidentes: “Paraíso”. Allí, en esa palabra, convergen la religión como consuelo (el cielo prometido a los bienaventurados) y la publicidad como religión (el consumo como promesa de felicidad), señalando, en el fondo, sendos sistemas de promesas con sus mutuas interdependencias. Esa convergencia fue magistralmente cifrada en el slogan “La chispa de la vida” que, aunque parecía estar definiendo a Dios, sin embargo era una campaña de promoción de una gaseosa global. Mercado y religión, consumo y cultura de masas funcionan como conceptos que se articulan al modo de una trama y su revés de trama. En esa doble promesa se juegan la clave de la muestra, su sentido y su fabricada materialidad. (“Celestial”, en la galería Ruth Benzacar, Florida 1000, hasta el 3 de septiembre.)