by Ana María Battistozzi
Retórica de las imágenes religiosas
Clarín, Buenos Aires, 2012

 
Con espíritu lúdico y materiales de descarte, Miguel Rothschild recrea una versión de lo maravilloso a partir de las estrategias de ficción de la religión y sus imágenes.
POR ANA MARIA BATTISTOZZI

Posiblemente nada le haya dado mayor impulso a lo que conocemos como historia del arte que la religión. Fue un largo proceso que no aconteció sin conflicto, más allá de que el caudal de imágenes y los efectos que generó induzcan a pensar lo contrario. La prohibición de representar a Dios estuvo desde muy temprano en los debates del cristianismo y en la tradición hebrea. El cristianismo habría de auspiciar luego la mayor producción de imágenes devocionales de que se tenga memoria y quizá no habría podido sobreponerse al golpe de la Reforma sin la ayuda y capacidad de persuasión de la imaginería barroca, apoyada –eso sí– por otras estrategias menos amables, como la Santa Inquisición.
Hoy, a la distancia y bajo el tamiz del mundo secularizado, la pregunta es ¿qué tipo de experiencias pueden suscitar en el hombre contemporáneo estas imágenes de las cuales se ha extraviado casi por completo su sentido? ¿Qué relación pueden entablar con ellas el turista o el artista que recorren, museos y catedrales con información y avidez? La muestra de Miguel Rothschild en Ruth Benzacar parece apuntar a esos interrogantes desde la reflexión que en todo artista provoca el poder que las imágenes tuvieron en el pasado y cómo llegan a nuestro presente. ¿Cuánto del mundo actual las contamina y cuánto las reorienta hacia otras direcciones? Al referirse al concepto de aura, Walter Benjamin hablaba de aquel remoto origen cultural de las imágenes y de la pérdida de esa dimensión –asociada a lo único e irrepetible– como consecuencia de la reproductibilidad técnica que aportó la modernidad industrial con la fotografía, el cine y la expansión de las industrias gráficas y editorial. Pero además aporta otro dato de interés para lo que nos ocupa. Una vez que la moderna cultura secularizada sacó todas las imágenes religiosas de las iglesias y las reubicó en los museos, suprimió en ellas el contenido religioso pero no el valor cultural. Las resituó en los museos, ámbitos de otro culto secular llamado Arte, que tiene sus rutas de peregrinaje y sus piezas de culto como la Gioconda, el Guernica y los Nenúfares de Monet. También ha reconvertido a esos mismos fines piezas como el David de Miguel Angel, el Moisés, La virgen de las rocas, entre tantas otras que cuelgan en las paredes como obras maestras de la historia del arte.
Rothschild se desliza en los entresijos de esa transformación. No va a los museos; visita las iglesias en busca de lo que aún conservan, con la actitud del artista laico que se interesa más por la forma que por el contenido. Se reclina en los confesionarios no para revisar sus malas acciones y solicitar perdón, sino para fotografiar el diseño de sus placas perforadas que facilitan la confesión. Reproduce sus agujeros y hace con ellas una serie en las que se pueden embocar bolitas de acero. El visitante agradecido por la interactividad que le propone, bien a tono con la época. Luego modifica con infinidad recortes de pequeñas reproducciones de espíritus santos una captura de la escena de Los pájaros, de Hitchcock, cuando se abalanzan sobre la pareja protagonista.
También rescata ángeles que se arrodillan, ¿serán acaso versiones del arcángel Miguel? El ángel lanza una mirada al cielo como si esperara una revelación y sus manos aparecen atravesadas por hilos transparentes que, similares a unas tanzas de pesca, le dan una curiosa impronta de instalación contemporánea. Hay esbeltos vitrales de iglesias góticas, reproducidos y perforados con sacabocados y restos de confeti a su lado. Y también cielos. Cielos estrellados con cientos de cabezas de alfileres como el que evoca el recogimiento de Sor Juana Inés de la Cruz. Cielos plomizos de diluvios perforados también con sacabocados y atravesados por sorbetes transparentes. Uno se sorprende por lo sencillo y lúdico que es todo esto.
Rothschild indaga la retórica de la representación religiosa, su iconografía y variaciones, no sólo para recrear en ella una versión de lo maravilloso, lo difícilmente representable por medios del presente bastante menos nobles que los de antaño. Lo suyo es un modo de penetrar las estrategias de ficción que han desarrollado infinidad de imagineros a través de los tiempos. No se vale de láminas de oro, ni polvo de lapislázuli, ni usa bol armenio para bruñir láminas. Apenas unos materiales de descarte que trasmuta como moderno alquimista pero le sirven igualmente para crear un tipo de verosimilitud que encanta a los espectadores del presente. No los impulsan a acercarse a la religión pero sí a pensar en el poder de las imágenes religiosas en la historia. Y lo hace desde un impulso irónico y lúdico que no ofende; pero que expulsa la solemnidad de la escena que compone. Como aquel cuerpo hecho de sorbetes de colores que presentó hace dos años en Berlín, su ciudad de adopción, que evocaba “Melancolía”, el enigmático grabado de Durero. De él rescató sólo la forma, un poliedro, y dejó de lado al ángel que observaba melancólicamente la escena.